Puntos de Vista

La aritmética del 1 de julio

(Exonline / PASCAL BELTRÁN DEL RÍO)

Para ganar la elección presidencial, que tendrá lugar dentro de 140 días, seguramente se requerirá llegar a una cifra mágica de votos que muchas veces se ha acariciado, pero jamás se ha tenido: 20 millones.

José López Portillo quiso alcanzarla en 1976, pero, pese a que era candidato único, no lo logró. Se quedó en poco más de 16 millones.

Miguel de la Madrid, quien tuvo seis contrincantes, ganó con 16.7 millones.

A Carlos Salinas de Gortari, el PRI le prometió llegar al ansiado número, pero no obtuvo ni la mitad. Por eso, durante las protestas poselectorales de aquel año de 1988, los seguidores de Cuauhtémoc Cárdenas le cantaban al ganador oficial de los comicios: “¡Veinte millones, ja, ja, ja!”.

Seis años después, el porcentaje de participación destruyó todos los precedentes. Movidos por el rechazo a la violencia política, acudieron a votar 77 de cada cien ciudadanos, y Ernesto Zedillo ganó con 17.1 millones de votos.

Dicha cantidad de sufragios se mantendría por tres sexenios como la más grande para el ganador de una elección presidencial. Los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón consiguieron 15.9 millones y 15 millones, respectivamente.

En 2012, Enrique Peña Nieto volvió a romper la marca, con 19.2 millones de votos.

Esta vez, se antoja difícil que el vencedor no alcance la deseada cifra.

Considerando que el número de convocados a las urnas rondará los 88 millones —la actualización más reciente del listado nominal es de 87.8 millones—, es posible que acudan a votar unos 54 millones si se da el promedio de participación de las últimas tres elecciones presidenciales: 61.87 por ciento.

La media porcentual por la que ganaron Fox, Calderón y Peña Nieto es de 38.89 por ciento, muy cercano a lo conseguido por Peña Nieto (38.20%). De obtener esa proporción, el próximo Presidente habrá obtenido 21 millones de votos. Si en cambio logra el 35.91% que tuvo Calderón, su cosecha será de 19.3 millones. Y si le toca ganar como Fox con 42.56% de los sufragios, su total será de 22.9 millones.

De los 54 millones que posiblemente irán a las urnas, quizá unos 44 millones ya estén decididos por quién votar. En un escenario de seis candidatos en la boleta, supongamos que el PRI y sus aliados tienen un voto duro de 12 millones; Andrés Manuel López Obrador pudiera tener unos 15 millones de seguidores fieles, y Ricardo Anaya y Margarita Zavala acumulen juntos unos 14 millones ya seguros (11 millones para él y cuatro para ella). Por Jaime Rodríguez, El Bronco, y Armando Ríos Piter podrían votar, de entrada, 1.5 millones por cabeza.

Eso deja unos 10 millones de sufragios por ser disputados. Obviamente, López Obrador, partiendo de un piso más alto, sólo necesitaría la mitad de esos indecisos para ganar la Presidencia. José Antonio Meade requeriría de 80% de esos votos y Ricardo Anaya, considerando la sangría que le provoque Margarita Zavala entre la base tradicional del PAN, casi todos los indecisos. En un escenario así, la victoria es un espejismo para los tres independientes.

Faltaría, por supuesto, considerar el voto útil. Yo he escrito aquí, y lo sostengo, que, a juzgar por los antecedentes de las últimas tres elecciones presidenciales, el voto útil es poco significativo.

¿Por qué? Porque sólo en una de esas tres elecciones, la de 2000, el voto útil favoreció a uno de los dos candidatos punteros (Vicente Fox). Es más, Fox le hubiera ganado a Francisco Labastida aun sin los votos útiles provenientes de la izquierda. En 2006 y 2012, esos sufragios se repartieron entre los dos punteros, anulándose como factor desequilibrante.

Aquí he argumentado que los votos de los indecisos son los que pueden marcar la diferencia. Para precisar: El voto útil es el de un elector que abandona su primera opción a favor de otro candidato, mientras que el votante indeciso no tiene una predisposición de por quién sufragar. El voto útil muchas veces deja huella, pues el elector mantiene su preferencia original en la contienda legislativa.

En algunos estados, los votantes sin fidelidad partidaria pueden llegar a ser un porcentaje importante del listado nominal. Revisando los datos electorales, he calculado, por ejemplo, que en Sonora representan entre una sexta y una cuarta parte de los electores (aquí hablo únicamente de los comicios presidenciales).

 

A mi juicio, ninguno de los actuales tres aspirantes principales puede ganar sólo con los votos de su base. Necesita convencer a un número importante de indecisos. Para eso servirán los más de cuatro meses que faltan para ir a las urnas.