Puntos de Vista

¿Qué explica el rechazo de algunos a lo nuevo?

(Exonline / ÁNGEL VERDUGO)

¿Por qué durante decenios, prácticamente la totalidad de los integrantes de nuestra clase política se enorgullecían de rechazar lo externo a un país que inventamos, y a grito abierto retábamos al mundo: ¡Cómo México no hay dos!

¿Cómo fue que no advertimos, decenio tras decenio, el daño que se estaba produciendo en decenas de millones de mexicanos al enseñarnos —y nosotros aprenderlo— a rechazar lo nuevo, lo avanzado y para desgracia nuestra, lo mejor y más barato? A cambio de eso, ¿qué recibíamos? Lo viejo y atrasado, y lo peor y más caro.

¿Cómo toleramos durante tantos años, que mientras la casi totalidad de los mexicanos nos ajustábamos a lo peor y más caro, un puñado de privilegiados —casi siempre socios cuando no cómplices de los altos burócratas—, tenían acceso sin restricción alguna a lo nuevo y avanzado, a lo mejor y más barato?

¿Acaso debió todo eso caer hecho pedazos, para decidirnos a cambiar o para decirlo más claro, para que los privilegiados y usufructuarios de las ventajas y beneficios mal habidos producto del acceso al poder decidieran, que había que adoptar otro modelo porque, el anterior había dado de sí?

Al tener que reconocer —muy a pesar suyo—, que un nuevo modelo debía ser puesto en práctica para intentar, no aumentar privilegios sino mantener los que de manera indebida obtuvieron a lo largo de decenios al mantener a millones de mexicanos en la más completa ignorancia de lo que había estado cambiando allá afuera, ¿por qué hoy, muchos de esos millones mantienen vigente la esencia de aquella visión cerrada frente al resto del mundo?

Es más, ¿cómo puede ser posible que sueñen con volver a esos años, e incluso deseen que esos tiempos de cerrazón y aislamiento regresen? ¿Qué explica la seducción que ejerce en ellos el perverso canto de sirenas que mal entona éste o aquel merolico, y sucumban convencidos que el pasado es el mejor de los futuros?

¿Qué hay en tantos mexicanos que nos impulsa a aceptar, ciega y acríticamente, que el pasado es posible recrearlo sin dilación alguna, al simple conjuro del que juega hoy el papel de hechicero?

¿Qué explica pues, ante una realidad del mundo que está frente a nosotros a cada instante de nuestra vida y en toda actividad, que aceptemos sumisos —intelectualmente hablando—, que el retroceso nos devolverá ese paraíso añorado, y en él seremos felices por siempre? ¿Acaso el daño causado fue tan profundo, que ni la más clara y obvia de las realidades puede empezar a corregir?

¿Sería posible que la visión que reinaba en aquellos años la hubiésemos hecho nuestra tan profundamente —como una religión purificadora—, que lo esencial de ella —sus principales dogmas de fe— los transmitimos de generación en generación impidiendo hoy, a nuestros hijos y nietos rechazar esa visión que tanto daño causó, y sigue causando?

Este fenómeno social —no encuentro otra expresión—, ¿se ha registrado en países de otros continentes o como algunos afirman, es casi privativo de América Latina? ¿Será posible que nuestra suerte, de aquí en adelante, esté más cerca de Nicaragua, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Cuba?

¿Eso es lo que queremos en los tiempos que corren, como futuro para nuestros hijos y nietos? ¿Tan dañados estamos? ¿Tanta ignorancia y tanto rechazo hacia lo nuevo que nos inculcaron desde los años treinta del siglo pasado, es acaso la herencia que les dejaremos?

 

Dicen que por más maldad que nos inculquen, los nuestros estarán a salvo de ella. Hoy y aquí, eso es falso.