Puntos de Vista

Valeria

(Exonline / VÍCTOR BELTRI)

La escena no puede ser más devastadora, más triste. Más ejemplar de la pesadilla en la que hemos convertido a nuestro país: un padre de familia que acompaña a su hija al transporte público sin saber que, en realidad, la está poniendo en manos de quien, presuntamente, podría ser su asesino.

Presuntamente, porque la muerte de quien podría haber sido el victimario de Valeria Gutiérrez ha impedido que se aclare a cabalidad un crimen que atenta contra la sociedad entera: la violencia de género es un acto infinitamente despreciable, pero el asesinato y ultraje de una niña inocente no tiene perdón, y reclama una justicia que no quedaría satisfecha, incluso, si quedara demostrado que perpetrador y finado son la misma persona. El mismo monstruo.

Valeria nos confronta, y es imposible no sentir rabia en la boca del estómago al pensar en que de nada sirvieron las cámaras de seguridad, o los ruegos de los padres para que el Estado se hiciera cargo de sus funciones y emitiera una alerta que llegó demasiado tarde por su propia negligencia. Valeria nos avergüenza cuando el interés de las autoridades —y la opinión pública— se encuentra más enfocado en un proceso electoral —sus elecciones— en tanto anticipo de las ambiciones de unos cuantos, que a resolver las necesidades esenciales de la ciudadanía, como la certidumbre de poder abordar un transporte público sin jugarse la vida. Valeria nos aterra al pensar en todos los casos similares que no alcanzan la repercusión mediática, y terminan por engrosar las listas de desaparecidos —y la desesperación de los padres que emprenden una búsqueda infructuosa. Valeria es hoy, en potencia, cualquiera de nosotros, cualquiera de nuestros hijos: la desolación de sus padres es la misma, también, de quienes hoy reclaman del Estado justicia, y de la sociedad atención —en toda la República— mientras buscan a sus seres queridos entre fosas comunes.

Valeria nos cuestiona también, duramente. Somos una sociedad enferma que no respeta a las mujeres, en la que existen individuos que las tratan como un objeto que puede ser desechado, tras saciar sus asquerosos instintos. Animales. Bestias. Desgraciados, con todas las letras. Una sociedad que no sólo ha perdido la capacidad de asombro sino, también y lamentablemente, la de la empatía previa y necesaria a la indignación.

Una indignación que incluye, de manera especial, a los contendientes en el proceso electoral que acaba de concluir. Todos trataron de venderse como cercanos a la ciudadanía, todos tenían las mejores propuestas para mejorar la seguridad pública, todos dijeron tener como prioridad el bien común. ¿Y dónde están ahora? ¿Cómo han apoyado a los padres de la niña asesinada? ¿Cómo pueden integrarse las soluciones que habían planteado a problemas de este tipo, en sus propuestas de campaña, para resolver una situación que no puede continuar así? ¿Cómo están dispuestos, todos, a invertir el capital político y mover a sus seguidores para darle seguridad a la ciudadanía, sin importar quién gobierne?

La indignación, y las preguntas, no se limitan al Estado de México: el país entero vive casos similares todos los días. El caso de Valeria, sin embargo, podría servir como prueba de que las diferentes fuerzas políticas pueden trabajar —en una coalición de facto y para un tema específico— en beneficio de la sociedad: es para estos casos, precisamente, que necesitamos la pasión de Andrés Manuel, la humildad de Delfina, los contactos de Josefina y el poder de Del Mazo. Ahora mismo.

 

La situación, hay que admitirlo, es desesperada y ninguna administración podrá resolverla por sí sola. No sólo en el Estado de México sino, de nuevo, en toda la República: quien pudiendo hacer algo por solucionarla no lo hace, por meros intereses políticos y cálculos electorales, no es sino cómplice de los criminales. Estamos hartos, y tienen que entenderlo: a la sociedad no le interesa quién gobierne, sino tener la certidumbre de que nuestras niñas van a regresar a casa. ¿De qué manera hay que decirlo?